Texto de la parábola del hijo pródigo Lc. 15, 11 - 32
(19 de abril de 2020)
1. “NO TENÉIS TERNURA,
SOLO TENÉIS JUSTICIA, POR ESO SOIS INJUSTOS”.
Esta es la actitud del
hijo mayor de la parábola, la actitud de mucha gente de nuestra sociedad
actual. Piden justicia, piden cárcel, piden cadena perpetua, algunos llegan
hasta pena de muerte.
Delitos como el de Diana Quer, como el del niño Gabriel, desatan en nosotros una mezcla de justicia y de venganza que nos hace ser terribles. Damos miedo en nuestras reflexiones y apreciaciones. Desplegando una violencia verbal que asusta. Y lo peor es que lo hacemos desde posiciones racionales y hasta evangélicas, pidiendo la Prisión Permanente Revisable y el endurecimiento de penas, convencidos de que vamos a mitigar el daño producido.
Delitos como el de Diana Quer, como el del niño Gabriel, desatan en nosotros una mezcla de justicia y de venganza que nos hace ser terribles. Damos miedo en nuestras reflexiones y apreciaciones. Desplegando una violencia verbal que asusta. Y lo peor es que lo hacemos desde posiciones racionales y hasta evangélicas, pidiendo la Prisión Permanente Revisable y el endurecimiento de penas, convencidos de que vamos a mitigar el daño producido.
La justicia separada
del amor corre el riego de ser inhumana y vacía. Una justicia que se olvida de
la persona es una justicia injusta. Se nos llena la boca de pedir justicia, de
reclamar un equilibrio social, pero lo que estamos pidiendo es venganza. Estaos
reclamando para el infractor un castigo, si puede ser, mayor del que el propio
delincuente ha cometido. No nos atrevemos a pedir venganza, y lo edulcoramos
con la palabra justicia. Nos convertimos en jueces sociales, pensando que toda
la sociedad piensa y pide lo mismo que nosotros.
La sanción, el castigo
y la pena, presentada como justicia no educan. Toda justicia que olvida la
persona se convierte en inhumana. La justicia, o está al servicio de la
persona, de la sociedad, o es injusta. Porque carece de ternura, de
sentimiento, de rostro. Es ejercer la justicia sin mirar a la cara del
condenado, sin importarnos el futuro de ese culpable, sin interesarnos cómo
será la ejecución de la pena. Es así, estamos dando, de esta manera, respuestas
a las demandas de la sociedad, pero no estamos abordando el problema, pues la
pena privativa de libertad “estará orientada a la reinserción del penado” .
A los que luchamos por
la misericordia se nos acusa de que queremos hacer borrón y cuenta nueva, que
pensamos que la misericordia anula y olvida la justicia, pero no. La ternura,
la misericordia no anula la justicia, pero queremos que la justicia sea humana,
sea real y reinsertadora. A veces las hemos presentado como incompatibles, como
contrarias. La justicia tiene que tener su camino, en nuestra sociedad debe de
haber una justicia que guíe nuestras relaciones, que oriente nuestras
relaciones sociales, pero es necesario que esta justicia sea humana.
Los datos, que
ciertamente son fríos, pero que no conocen color nos dicen, que España es el
segundo país con menos delitos violentos de Europa y menos del mundo, y en
cambio es de los que mayor porcentaje tiene de presos de Europa. No hay una
proporción ni equilibrio entre delito y prisión. Y a veces nosotros contribuimos
a este desequilibrio.
Muchas veces ese deseo
de una mayor justicia, de endurecimiento de penas se mezcla con el deseo de
venganza. Uno no sabe si lo que quiere es hacer justicia o lo que quiere es
venganza. En muchas reivindicaciones se percibe un tono en la demanda que se
atisba más sed de venganza que sed de justicia. Jesús comenta a raíz de esta
cita, “Habéis oído que se dijo: ``ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os
digo: no resistáis al que es malo; antes bien, a cualquiera que te abofetee en
la mejilla derecha, vuélvele también la otra” . Nuestro mundo dominado por la
venganza se convertiría en un mundo hostil, inhumano. Como bien dice Gandhi
irónicamente, al final el mundo se quedaría ciego si lo resolvemos todo a ojo
por ojo.
Las personas sentimos
deseos de vengarnos cuando nos han herido profundamente, cuando alguien que
queremos y apreciamos nos hace daño puede dejar una cicatriz emocional que arde
con un calor intenso, pidiendo ser apagada causando otra herida en el corazón
del agresor.
La venganza es un
intento fallido de equilibrar la balanza, aunque por muchos ajustes que se
realicen, siempre quedará desequilibrada. La persona herida se sentirá en
inferioridad y por debajo de quien ha causado el daño, por ello intentará herir
a la otra persona para volver a recuperar su posición inicial de equilibrio, y
si puede, alcanzar la superioridad. El primer sentimiento que suele aparecer
cuando nos vengamos es la de satisfacción, y la sensación de que todo ha
recuperado su equilibrio. Sin embargo, luego aparecen sentimientos de culpa y
remordimientos. La venganza nunca nos deja satisfechos, bien porque no hemos
llegado a devolver lo que nos han hecho o bien porque nos hemos pasado.
Responder con dolor,
con venganza, al dolor recibido no cambia la situación, ni te hará sentir
mejor. La mayoría de las veces ser valiente no significa responder más fuerte
que el otro, con más contundencia, sino ponerse en el lugar del otro, del que
te ha herido y decidir que no quieres que nadie pase por lo que tú has pasado,
que no sufra como tú has sufrido. Ahí está la grandeza de la persona.
Además de un mundo
ciego, creamos un mundo sin corazón, sin sentimientos. El odio apaga el
corazón, apaga los sentimientos buenos que genera el propio corazón. La
venganza nos deja ciegos.
3. EL PADRE, FIGURA
MISERICORDIOSA, RESTAURATIVA Y PACIENTE.

Esa es la grandeza de
Dios para con su pueblo, que es paciente, que no tiene prisa en castigar. Es
misericordioso, porque el Señor ve en lo escondido del corazón, donde es capaz
de ver lo que las personas no ven. Paciente como en la parábola de la cizaña ,
el sembrador quiere esperar hasta el tiempo de la cosecha, para separar la
cizaña del trigo y estar seguro que solamente la cizaña será recogida primero y
arrojada al fuego. Dios no quiere apresurarse y tal vez cometer una injusticia
de recoger trigo con la cizaña y castigar a justos con injustos… Así obró cuando
quiso castigar a Sodoma y Gomorra , tuvo paciencia con Abraham y a la final
salvó a su sobrino Lot y su familia que eran los únicos justos que había en
esas ciudades!. Así Jesús cuando tiene compasión con las muchedumbres y trata
con publicanos.
Paciente como en la
parábola de la higuera. Dios es dador de oportunidades, de recrear situaciones
para volver a empezar, pero sobre todo Dios agota todas las posibilidades. Dios
cree en las segundas oportunidades. La grandeza de Dios es que ante la duda,
espera, ante la caída levanta, y ante la voluntad de cambio concede oportunidades.
La higuera no daba frutos, pero Jesús confiaba en que podía darlos, y da
oportunidad. No la corta y espera a la cosecha del siguiente año. Es lo que
necesitan muchos de los internos que conocemos en nuestras prisiones, la
“oportunidad del año que viene”, que esa es signo de paciencia y de confianza.
El hijo menor de la
parábola es higuera que no da frutos, higuera que se pasa tiempo sin hacer nada
positivo, pero higuera que ha plantado Dios y que confía en que un día pueda
dar fruto. El hijo menor un día es trigo, otro cizaña, un día es bueno, otro
malo, pero no quiere tomar un decisión negativa, porque tiene algo de bueno.
Cuántas veces hemos escuchado a las madres decir, padre, “si mi hijo es bueno,
tiene buen corazón”. Cizaña, higuera, hijo pródigo, oveja perdida, en todos
ellos Dios, el padre pone corazón, pone cariño, pone misericordia y pone
oportunidad.
Además de paciente
Dios es misericordioso manifestado a través del perdón. Pedro plantea a Jesús,
“¿cuántas veces hay que perdonar, hasta siete veces?, y Jesús le responde, no
hasta siete veces sino hasta setenta veces siete” . Jesús no pone límites al
perdón, no pone plazos, el perdón es algo abierto, nuevo, humano, porque
permite al hombre a la mujer que ha caído volver a empezar, levantarse
nuevamente e intentarlo. El perdón humaniza, redime y libera. También para el
hombre y mujer que está en prisión.
El gran valor de la
Iglesia en las cárceles, personificado en la Pastoral Penitenciaria, en los
capellanes y voluntarios, es humanizar la misericordia en la realidad de cada
hombre y mujer en prisión. En ser capaz de abrir horizontes nuevos en vidas
rotas, hundidas y fracasadas. Es tener la pedagogía para que los presos
perciban que Dios les quiere, que les da nuevas oportunidades, que la vida no
termina con el delito o con el pecado y mucho menos con la cárcel. Nuestra gran
labor es concienciar a la población penitenciaria que Dios es paciente y
misericordioso… pero con ellos. Porque a veces nos perdemos en palabras, en
discursos. Y sobre todo hemos de esforzarnos en que el hombre y mujer preso lo
sientan y lo vivan así. Dios les quiere, les perdona y les da una nueva
oportunidad, pero es importante que ellos sean conscientes.
“El que esté libre de
pecado, que tire la primera piedra” . Dios, al ofrecernos su misericordia nos
lleva a ver a los otros con ojos de misericordia. Cuando entramos en la cárcel,
lo hacemos también como personas caídas, heridas y vulnerables, solo así podremos
mostrarnos cercanos y comprensivos con los presos que vamos a visitar. Somos
pequeños, pecadores. Si nos situamos por encima de ellos es muy difícil que
podamos acercarnos con ojos de misericordia, pues nos sentiremos superiores.
Solo si tenemos conciencia de caída, de pecado, podremos comprender a quien ha
caído. El Papa Francisco cuando visita una prisión, antes de entrar en ella,
antes de ver el rostro de los presos, antes de hablar con ellos se hace esta
pregunta “por qué ellos y no yo”?. Con esto está diciendo que él no se siente
mejor que ninguno de los que va a visitar, no se siente superior a nadie. Se
siente pequeño y pecador. Y desde ahí se acerca al caído comprendiéndole y
muchas de las veces entendiendo su caída y su pecado.
El capellán, el
voluntario de prisiones también es una “persona herida” (vulnerable) caída, que
está llamado y enviado a anunciar la salvación de Jesús, a curar y a sanar .
Jesús continúa sanando a través de nosotros, capellanes, voluntarios. Somos
personas caídas, imperfectas y vulnerables.
La carta a los hebreos
nos habla de que la eficacia del ministerio del sacerdocio de Cristo está
precisamente en la debilidad: “pues habiendo sido probado en el sufrimiento,
puede ayudar a los que se ven probados”. “Y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados por estar
también él envuelto en flaqueza”.
El mismo S. Pablo vio
la historia de su propia vida como una letanía de contrariedades y
sufrimientos, como momentos sucesivos de la debilidad, pero transformada
mediante el poder de Cristo que le sostenía: “…con sumo gusto seguiré
gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de
Cristo. Por eso me complazco en las injurias, en las necesidades, en las
persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues cuando soy débil,
entonces es cuando soy fuerte”.
El capellán de
prisiones, los voluntarios de la pastoral penitenciaria deberían contemplar sus
debilidades con una mirada tierna y compasiva, como las mira el Señor, pues
ellas no son obstáculo ni una vergüenza, sino que son ocasión para realizar
nuestro ministerio redentor; y cuando experimentamos que Dios nos ha curado y
sanado de nuestras heridas, podemos acompañar el proceso de “salvación” de
todos los hombres desde esa mirada tierna y compasiva. Es más fácil entender al
caído, desde nuestra condición de caídos, que si nos situamos por encima de
ellos.
Una vez caídos hemos
buscado y pedido la misericordia de Dios, como seres necesitados, seres faltos
del perdón y misericordia divina. Solo entonces seremos realmente proclamadores
y anunciadores de la misericordia del Dios, pues antes hemos experimentado esa
misericordia en carne propia. Esta actitud nos llevará a ir puliendo ese
encuentro misericordioso con el preso, pues en ocasiones nos situamos por
encima de ellos, nos consideramos superiores y eso crea distancia con ellos.
Esta actitud de saberse sanado y curado lleva a situarnos en el mismo plano, y
sobre todo ellos lo ven y lo perciben, y por lo tanto son más conscientes de la
misericordia de Dios en sus vidas.
La Iglesia en la
cárcel, el voluntariado, el capellán, encarnan la figura del Buen Pastor. La
misericordia es el rasgo esencial de Cristo Pastor. El camino de consagración
abierto por Él es un camino de misericordia. Con sus gestos, con sus palabras,
el Buen Pastor manifiesta sus entrañas de misericordia ante todo el sufrimiento
humano. El Buen Pastor carga con la oveja perdida. Y en esa carga va toda la
historia personal de la persona herida. Van tanto sus miedos, frustraciones,
delitos, también sus esperanzas. El Buen Pastor sale en busca de la persona
necesitada de misericordia, sin importarle su vida anterior. Ve una persona a
la que Dios quiere amar. Esta compasión llega a su cumbre con su pasión y su muerte.
El horizonte de
actuación de Jesús es por tanto la misericordia, pues por pura misericordia fue
la encarnación y por puro amor morirá en la cruz. Así Jesús nos pasa el testigo
y nos muestra la misericordia como camino de vida para sus discípulos, en
nuestro caso para los voluntarios de la Pastoral Penitenciaria, Jesús nos
invita a ser los testigos de la misericordia del Padre, “Sed misericordiosos
como vuestro Padre es misericordioso” . “Dichosos los misericordiosos, porque
Dios tendrá misericordia de ellos”. En
efecto, “Dios que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque
estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a dar la vida junto a Cristo
-¡por pura gracia estáis salvados!-, nos resucitó y nos sentó junto con él en
el cielo” . La misericordia lleva a la misericordia. Si el voluntariado crea
misericordia, los propios presos y presas serán generadores de misericordia, de
paz. Cualquier actividad que haga la Pastoral Penitenciaria deberá preguntarse
si lleva al amor de Dios, si es generadora de misericordia y del amor que Dios
quiere para cada uno de sus hijos.
Los capellanes y
voluntarios somos consagrados desde la misericordia y para la misericordia. La
Pastoral Penitenciaria recibe de Cristo la misión de anunciar, testimoniar y
transmitir la misericordia de Dios. Y desde esta dimensión de la misericordia
es desde somos portadores de libertad y de esperanza en la cárcel. El preso
confía que, en el interior de la cárcel, Dios le regala misericordia.
La misericordia es por
tanto la actitud fundamental del comportamiento del capellán y del voluntario
de prisiones, y de toda vocación cristiana, y que resume en ella misma todas
las otras dimensiones de la caridad y la misericordia como la caridad, la
paciencia, la tolerancia, el perdón…
Pero para ser mediador
de la misericordia en la cárcel, es necesario que uno mismo haya vivido la
experiencia personal de la misericordia de Dios en uno mismo. Es imprescindible
que haya experimentado en su vida la misericordia de Dios, como dice San Pablo
“Vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”. Importante
que sea consciente de esa vivencia, consciente de que ha vivido la misericordia
de Dios en su vida.
PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL (Nadie te va a preguntar, responde con
sinceridad)
- ¿Estás de acuerdo con la frase “La justicia separada del amor corre el riego de ser inhumana y vacía”? ¿Por qué?. ¿Cuál es tu experiencia en este sentido?.
- Los que luchamos por la misericordia en prisión crees que tenemos el peligro de ser tachados “como blandos”, y que todo nos parece bien, que disculpamos todo y que inclusive ¿nos olvidamos de las víctimas?.
- ¿Has sentido alguna vez en tu vida deseos de venganza, para equilibrar una ofensa?. ¿Crees que ese es el camino?.
- ¿Te sientes persona caída, que has fallado alguna vez en tu vida? ¿Alguna vez te has presentado en prisión como pecador, como caído?. ¿Cómo ha sido la reacción de los internos?.
- En la prisión ¿hay necesidad de la misericordia de Dios?. ¿Hay necesidad de perdón?. ¿Hay necesidad de ser perdonado?.
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